¿Es Dios cruel?




"¿Acaso brota agua dulce y salada de una misma fuente?
Hermanos, ¿puede la higuera producir aceitunas o la vid higos?
Bueno, tampoco brota agua dulce de una fuente de agua salada.
(Santiago :11-12)

Mira la fotografía y respóndete sinceramente: "¿Parece que ese sea el jardín de la casa de una persona cruel?". De seguro ese hubiera sido el pensamiento que menos hubiera cruzado tu mente, ¿verdad? El orden, la armonía, el diseño creativo, los colores y la perspectiva, por citar solo unas cuantas cualidades, son asociaciones que hacemos naturalmente con el amor, no con el odio ni con la hostilidad ni el desorden. Tu primera reacción seguramente fue: "¡Qué bonito!", no "¡Qué horrible!".

Piensa en esto: ¿Sería posible que personas violentas, amargadas y carentes de misericordia cultivaran un jardín así? ¿Sería posible que reciba de Dios una bendición para heredar las riquezas de su bondad alguien que abriga odio y asesinato en su corazón?

Algo similar podemos decir de un artista, por ejemplo, un pintor. Quizás realice obras de diferentes clases y con diferentes motivos, formas y colores, pero un ojo entrenado puede darse cuenta de que cada una ha sido obra de la misma persona. A juzgar por el estilo u otro detalle y aunque uno de sus cuadros no lleve su firma, se puede entrever que no pudo hacerlo otra persona. ¡Tiene la marca de su creador!

El razonamiento de Santiago se basa en una lógica aplastante y simple. Es imposible que por una misma abertura salga agua salada y agua dulce. No es razonable pensar que el creador de tan hermosas puestas de sol, bellos parajes y toda clase de flores y diversidad sea alguien que al mismo tiempo tenga el propósito de causar su destrucción.

La Biblia dice que "Dios es amor". (1 Juan 4:8) Nota que no dice que tiene amor, sino que es amor. No concluyamos que Él sería capaz de pensar, decir o hacer cosas contrarias al amor. Más bien procuraremos entender por qué hizo o dijo ciertas cosas, cuál fue realmente el contexto y qué es lo que realmente sucedió. Todos somos considerados inocentes a menos que alguien pruebe lo contrario, Dios incluido.

Por ejemplo, aunque sabemos que los médicos hacen carrera para salvar vidas y sanar a las personas, a veces se ven forzados a cercenar miembros gangrenados, y hacerlo desde mucho más arriba que la gangrena a fin de salvar el resto del cuerpo. Si solo hicieran el corte sobre la gangrena, podrían contribuir a que el mal prosiga su curso y acabe, no solo con toda la pierna, sino con todo el cuerpo. Tienen que cortar por lo sano para poder aislar en mal completamente. A simple vista, un observador casual podría pensar que la gangrena solo llegó hasta la rodilla y que no hay por qué sacrificar toda la pierna, o que solo se trata de un dedo pequeño y no hay por qué cortar todo el pie. Pero lamentablemente hay casos en los que, para salvar la vida, el médico debe cortar más arriba de lo que uno piensa. Porque el mal va por dentro.

¿Diremos que el médico fue un malvado incompetente por tomar tal decisión? ¿Creemos que para él es fácil llegar a ese punto? De ninguna manera. Dejamos las cosas en sus manos porque reconocemos que sabe más que nosotros cuando nos dice que es la única forma de salvar la vida de la persona. Esas son verdaderas posibilidades especialmente cuando la persona sufre diabetes u ocurre un terremoto, un accidente ferroviario u otra clase de catástrofe. Ha habido personas sepultadas bajo toneladas de escombros y no ha habido otra salida.

De manera similar, aunque no entendamos el alcance de los daños, a veces Dios ha tenido muy buenas razones para eliminar cosas creadas que se habían contaminado de una manera muy profunda, semejante a gangrena, a fin de salvar a la humanidad. 

Prejuzgar a Dios es presuntuoso e injusto. Ilustrémoslo así: Una patrulla policial llega justo en el momento en que ven a un hombre entregándole dinero a una mujer que se inclina sobre la ventana de su automóvil. Lo detienen, lo obligan a bajar y detienen a ambos, a ella por ejercer la prostitución, y a él, bajo cargos de fomentarla. Pero se avergüenzan cuando se enteran de que el hombre estaba dándole dinero a su hija, a quien acababa de dejar en el cine con sus amigas.

Es fácil malinterpretar algo, especialmente cuando tuvo lugar hace miles de años y no se tienen todos los detalles. Tanto que se han producido muchos programas de televisión sobre las supuestas crueldades del Dios de la Biblia, y se ha entrevistado a muchos historiadores y científicos que opinan acerca del supuesto odio fomentado por el Dios del Antiguo Testamento. Pero ¿por qué no entrevistan a alguien que defienda el lado de Dios y explique de algún modo lo que realmente ocurrió.

¿Trigo milagroso? 

Otro ejemplo. A fines del siglo diecinueve, corrió la voz de que cierto pastor cristiano itinerante fue desacreditado por pastores de otras confesiones religiosas por haber estafado a la gente vendiendo trigo milagroso. En realidad, aquel el trigo nunca hizo ningún milagro. Pero ¿realmente conocemos toda la historia? ¿Mito o realidad?

Si investigamos bien lo que ocurrió, nos enteraremos de que aquel pastor realizaba su prédica ad honorem, es decir, aceptando la caridad de la gente. Lógicamente, algunos le daban dinero, otros donaban alimento u otras cosas que después cambiaba por dinero. Cierto día, en cierta comarca, conoció a un granjero cuya cosecha de trigo producía doble espiga (sabemos que el trigo normalmente da una espiga). Pero por razones que el granjero ignoraba, su siembra daba dos espigas por planta. Por eso lo denominó "trigo milagroso", no porque hiciera milagros, sino porque consideraba extraordinario que diera dos espigas por planta, y todos sus vecinos lo sabían. No fue el pastor quien le puso aquel nombre, sino el granjero. ¿Y acaso no solemos usar coloquialmente la expresión "¡Qué milagro!" cuando notamos algo fuera de lo común y no porque realmente se haya producido un verdadero milagro?

Bueno, el día que el granjero oyó la prédica del pastor, le agradó tanto que quiso darle una limosna. Pero dijo que no le daría dinero, sino parte de su cosecha. El pastor, que solía mantenerse con los recursos que la gente bondadosa le daba, aceptó y luego vendió el trigo a propios y extraños y, con el producto de aquella venta, pudo continuar con su prédica. Fue una venta perfectamente legal. No hubo ninguna estafa. Pero sus competidores religiosos, por envidia, y aprovechándose de la naturaleza chismosa de algunos, diseminaron la mentira que que estaba vendiendo trigo milagroso que no hacía milagros. Pero ahora que tenemos el cuadro completo, nos percatamos de que solo se trató de un grave malentendido. (2 Pedro 2:1-3; 2 Timoteo 4:3-5) 

La importancia del estudio concienzudo de la Biblia

Algo parecido ocurre con la Biblia y su contenido. Si uno no le dedica suficiente tiempo, alimentándose solamente de las habladurías y creencias populares, el habla fácil o las murmuraciones que se basan en tradiciones obsoletas, su entendimiento se torcerá, obtendrá un cuadro incompleto y deformado de la realidad. Pero si le dedica tiempo y la estudia a fondo, realmente buscando la verdad, obtiene verdaderos elementos de juicio que le ayudarán a llegar a mejores conclusiones y a razonamientos realmente productivos. Un lector casual no puede hacer eso.

Por ejemplo, uno de dichos elementos de juicio es la premisa de que Dios no es injusto ni desamorado. El Creador de toda la belleza que vemos en las afueras de una ciudad no puede contradecirse a sí mismo destruyendo su creación ni implosionando contra su propósito. Eso no sería consecuente, amoroso ni inteligente. Decir que Dios es cruel o que promueve el derramamiento de sangre humana sería una premisa absurda. ¡Por lo contrario! ¿Acaso la humanidad misma no está reconociendo últimamente que el calentamiento global, por citar solo uno de sus desaciertos, es lo que está arrinconando al mundo a una devastación total? ¿Y qué hay de las estadísticas de criminalidad, la explosión demográfica, el hambre y la injusticia, que campean por doquier? ¿Son producto del accionar de la humanidad o de un Dios amoroso? ¡Somos nosotros los que estamos destruyendo Su creación y debemos asumir nuestra responsabilidad de comunidad por ello! (Apocalipsis 11:16-18)

Cuando se acumula la basura en una ciudad, ¿a quién solemos echarle la culpa? ¿Al camión de basura? ¿Al Alcalde? ¿A la política? ¿No son responsables aquellos que arrojaron allí la basura? Pero solemos ser tan ciegos que, a pesar de la evidencia, seguimos condenando al camión de basura, al Alcalde y a la política. ¡Y los más ignorantes seguramente le echarían la culpa a la suerte! (Mateo 12:7)

Otro ejemplo. Tal como existen leyes físicas y biológicas, existen leyes morales y éticas. Y así como se cumplen las leyes físicas y biológicas, también se cumplen las leyes morales y éticas. Los científicos descubren nuevas cosas a partir de su dominio del conocimiento de las leyes físicas y biológicas. Hasta pueden proyectarse hacia el futuro o al pasado para interpretar las cosas que sucedieron o sucederán y realizar ciertas predicciones que se cumplirán casi indefectiblemente. Lo mismo puede decirse en el campo moral y ético.

Nos pegamos en el dedo con un martillo y maldecimos al clavo, al martillo, a la pared o al trozo de madera, sin darnos cuenta de que indirectamente estamos maldiciendo a las leyes físicas que se cumplieron por usar mal el martillo. Resbalamos en una cáscara de plátano por no fijarnos dónde pisamos, y maldecimos al que la arrojó allí, sin darnos cuenta de que también estamos maldiciendo a la ley de la gravedad y la ley de inercia que se cumplieron al dar el patinazo. ¿Tuvo Dios la culpa de establecer dichas leyes? ¿Acaso lo maldicen los plataneros por cosechar tan rico alimento y ponerlo en tu mesa?  

Hay quienes afirman que la naturaleza no nos enseña moralidad. Pero no es cierto. Por ejemplo, cuando pasamos por un lugar nauseabundo, ¿qué mensaje llega a nuestra conciencia a través de nuestro olfato? ¿Qué pensamos? ¿"¡Qué lindo lugar!"? o más bien "¡No me gusta este lugar!"? Por donde miremos, la naturaleza está indicándonos lo que es bueno y lo que es malo, lo que es de buen gusto y lo que es de mal gusto, lo que es justo y lo que es injusto, los que nos conviene y lo que no nos conviene, lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer. ¡No es cierto que la humanidad no reciba indicaciones claras acerca del camino que siempre debimos seguir! Lo que ocurre es que hicimos caso omiso y nos aventuramos demasiado -unas veces por ignorancia, y otras, intencionalmente- por la ruta equivocada.

"A mí nadie me va a decir lo que tengo que hacer", "Uno goza del derecho de hacer lo que le dé la gana, mientras no vulnere el derecho de los demás", "¡Libertad significa permiso!". ¿Has oído mensajes de esa clase durante tu vida? ¡Por supuesto! Basta examinar mucha de la publicidad y propaganda que se ve en el mundo para concluir que estamos dirigiéndonos al desastre. Cierta publicidad para cierta película decía sin rodeos: "¡Pierde el control!", "¡No podrás dormir esta noche!", "¡No te arrepientas de nada!" ¿Realmente necesitamos más evidencia para darnos cuenta de que todo el que pierde el control termina mal parado, ya sea que se trate de manejar un automóvil, un avión, un barco o la propia vida?

Si uno dobla una regla y mide una superficie con ella, ¿obtendrá medidas exactas? ¡Imposible! Igualmente, si uno pretende torcer los principios físicos o biológicos mediante modificar las fórmulas, las frecuencias, las coordenadas o cualquier otra variable de manera imprudente, solo conseguirá problemas, porque no pueden torcerse impunemente. No obtendrá buenos resultados. Por ejemplo, existen niveles de ruido tolerables por el ser humano. Superar dichos puede convertir a uno en sordo en poco tiempo. De igual manera, si uno tuerce las normas morales que Dios ha impuesto en el universo, no conseguirá sino resultados que disten mucho de la satisfacción intelectual y emocional que busca, mucho menos la espiritual. Si creemos que un extraterrestre no tiene moral, pero es más superado que nosotros, se nota que no lo conocemos. Él seguramente sería el primero en decirnos: "Ustedes se han metido en grandes problemas por no prestar atención al mensaje universal: Dios sabe más que ustedes". Y seguramente le contestaríamos: "¿Dios? ¿De qué hablas?".

Si queremos preparar un café con leche caliente, tal vez usemos agua, leche y café, y tal vez podríamos añadirle un poco de dulce, o una bola de helado de café. En vez de azúcar, algunos quizás prefieran usar miel de abejas o miel de cacao. Podríamos calentarlo al fuego directo o en un horno. Obtendremos un café con leche delicioso de acuerdo a nuestro gusto personal. Hay grandes negocios con base en el café que han tenido un éxito rotundo variando la presentación.¡La variedad es infinita! En otras palabras, tenemos más libertades de la que imaginamos o pedimos, pero no sabemos usarla.

¿Qué pasaría si, en vez de agua, usamos aceite, o en vez de café, usamos mantequilla de maní, y en vez de miel, le ponemos sal, y le pedimos a alguien que lo pruebe? ¿Diría que es un café con leche? ¡No! Porque el sabor no tendría nada que ver con el café ni con la leche ni con nada que se le parezca. Seguramente preguntará: "¿Es mantequilla de maní?"

Las leyes físicas, biológicas, morales y éticas se cumplen de todas maneras, ya sea que hagamos un preparado con café, leche y azúcar, o uno con aceite, mantequilla de maní y sal. El producto saldrá según los ingredientes y la preparación, y no hay forma de contradecir una verdad tan simple, lógica y contundente.

Por eso, en el campo moral, la Biblia advierte: ‘No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra’. (Gálatas 6:7-8) Tanto en la naturaleza como en la Biblia encontramos fórmulas y ejemplos de éxito. Por ejemplo, en Proverbios 15.1 dice: ‘La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego’. Ese no es un principio sin sustento. Todos los cursos académicos de atención al cliente lo presentan como un requisito indispensable. Hasta pruebas psicológicas realizadas a los que postulan a un puesto de trabajo que implica la atención al cliente incluyen este asunto, para ver si el candidato realmente resultará ser un buen elemento en la compañía. Porque se sabe por experiencia que las respuestas agresivas o desatinadas encienden fácilmente la cólera, ya se trate de un cliente o de un compañero de trabajo.

A comienzos de 2015, dio la vuelta al mundo la noticia de que un cliente de cierto restaurante famoso había encontrado una cucaracha muerta dentro de una pizza. Sin embargo, no faltaron algunos empresarios experimentados que murmuraron que bien pudo tratarse de un sabotaje, no de un problema de aseo y limpieza. ¡Es increíble el daño que puede causar una cucaracha! Fue un desastre empresarial. No lo podemos negar: La conducta de uno afecta a todos.

Adán y Eva cometieron un error gravísimo al darle la espalda a su Creador, y después de eso hubo más de lo mismo. Caín asesinó a su hermano y, después de aquello, la historia de la humanidad forjó un registro lamentable de orgullo, ambición y miedo, la mezcla perfecta para el desastre.

Por eso, de comienzo a fin, la Biblia destaca muy claramente la ley de causa y efecto, acción y reacción, y descarta absolutamente el concepto de impunidad en lo relacionado con nuestros actos. Si obramos en armonía con la voluntad de Dios y las leyes que Él ha establecido para el universo conocido, a la larga cosecharemos cosas buenas. Pero si desafiamos sus principios y obramos en su contra, cosecharemos resultados muy desagradables. Y no habrá soborno que lo impida.

No nos referimos a la ley de la herencia, que viene automáticamente con la naturaleza, sino a las consecuencias de actos voluntarios. Proverbios 5:22 dice que 'los malvados se ven finalmente atrapados en sus propias malas obras y  aprisionados hasta no dar más en las cuerdas de sus propios pecados'. ¿Conoces a algún magnate, político, militar, hombre de negocios o líder religioso que esté purgando prisión? Seguramente hasta el último estuvo pensando: "Todo está saliendo perfecto".

Eso significa que, tarde o temprano, los efectos de un mal proceder se vuelven contra la persona misma y le hacen pagar hasta la última moneda y beber hasta la última gota de su propio veneno. (Apocalipsis 18:6-8) ¡Hasta podría resultar en una desastrosa reacción en cadena! Multas, heridas, penas de cárcel, guerras, muertos, heridos, mutilados, hambres, pestes, accidentes... No sería justo culpar a Dios porque insistimos en que hacer las cosas a nuestra manera, precipitadamente, sin tener en cuenta sus mandamientos. ¿Tan difícil es entender frases simples como: "No robarás" o "No asesinarás"?

De hecho, a juzgar por las noticias, la segunda epístola a Timoteo, capítulo 3, en los primeros versículos, no se quedó corta cuando dijo que en los últimos días, la mayoría de la gente sería egoísta, desagradecida, ingrata, hipócrita, insensible, fanfarrona, arrogante, vanidosa, soberbia, blasfema, rebelde, calumniadora, libertina, desenfrenada, amiga del dinero, amante de los placeres y de la maldad, avara, traicionera, impía, despiadada, implacable y cruel, advirtiendo: "¡Con esa gente no te metas!. Si obedecemos, nos evitaremos problemas y se inclinará la balanza a nuestro favor y al favor de Dios.

No nos malinterpretes. No es que Dios esté vigilándonos como un policía ni que esté pendiente de nuestros errores para ocasionarnos un tropiezo. Es cierto que dice: "Pondré un tropiezo delante del malvado", pero no se refiere a que Dios mismo sea malvado, sino a que permite que los seres humanos cosechen las consecuencias por sus propios errores. ¡La gente misma se pone a sí misma los tropiezos cuando pasa por alto las leyes amorosas de Dios! Él cumple con advertirnos las consecuencias, pero deja que tomemos nuestras decisiones, y lo mismo hace con todos los pueblos de la tierra. Cada nación tiene derecho de ir por el camino que quiera, pero si termina en ruinas o al borde del colapso, la evidencia evidenciará que alguien hizo las cosas al revés. No será culpa de Dios.

Si Dios dice: "¡Sal de ese lugar!", ¿esperaremos un poco hasta ver qué sucede, y entonces tomaremos la decisión de salir, cuando ya no podamos salir y nos cueste la vida, diciendo que Dios es cruel por no hacer nada para impedirlo? ¿O saldremos inmediatamente ejerciendo fe en que Él sabe más que nosotros y que nos lo advierte porque es un Dios de amo, que no quiere que nos suceda nada malo? Noé se puso a construir el arca inmediatamente. Lot salió de Sodoma inmediatamente. Moisés sacó de Egipto a Israel tan pronto como recibió la señal que Dios le había indicado. Rahab refugió a su familia dentro de su casa, conforme a las instrucciones, cuando Jericó fue destruida. Y en el primer siglo de nuestra era los cristianos salieron de Jerusalén tan pronto como vieron el cumplimiento de la profecía de Jesús en Mateo 24:15-22. En todos los casos, de nada sirvió que los que dudaron y se demoraron le echaran la culpa a Dios. ¡Las advertencias habían sido demasiado claras y los recursos disponibles para escapar habían estado a la mano por un tiempo más que suficiente.

Por ejemplo, en el segundo libro de Los Reyes, capítulo 17, se muestran las acciones y reacciones del pueblo de Dios de la antigüedad. Jehová les había advertido por medio de profetas y videntes: "¡Recapaciten en sus caminos! Obedezcan mis mandamientos y decretos, y cumplan las leyes que di a sus antepasados, que les di a conocer por medio de mis siervos los profetas."

Pero no hicieron caso. Resultaron tan tercos como sus antepasados, que desconfiaron de Jehová su Dios y pusieron a un lado sus decretos y advertencias. ¿Puede culparse a Dios por los efectos, resultados o consecuencias a corto, mediano o largo plazo? ¡De ninguna manera!

Por eso, todos los que pasan por alto a Jehová o se burlan de sus enviados, con el tiempo terminan cosechando lo que sembraron: Desgracia tras desgracia. Es la ley universal e inmutable de Dios: 'Se cosecha lo que se siembra'. Es en ese sentido que Dios dice: ‘Te castigaré siete veces’. Y lo que sucedió en tiempo pasado queda como un ejemplo de lo que podría significar en el futuro, es decir, como advertencia de que los resultados que nos sobrevendrán siempre estarán en armonía con el daño que se haya causado. No es que Dios cause el castigo caprichosamente, sino porque así resultan ser las consecuencias mismas del error. En algunas ocasiones, la consecuencia es que Dios no tiene más opción que determinar su destrucción, no porque él lo desee, sino porque no existe otra opción. ¡La humanidad misma ha reclamado autonomía y libertad, pero solo sigue inexorablemente en un camino fijo que no nos augura nada bueno. ¿Culparemos a Dios diciendo que es cruel? ¡Es evidente que la humanidad va en un camino fijo, opuesto al sentido de armonía del resto del universo!


"¿Acaso creen que me complazco en la muerte de los malvados?
¿Acaso no quiero más bien que abandonen su mala conducta y sigan viviendo?"
-Ezequiel 18:23

"¿Pero no es Dios Todopoderoso? ¿Acaso no puede evitar que nos sobrevengan estas consecuencias?", tal vez digan algunos. Es un pensamiento común que han estimulado muchas religiones que han enseñado falsedad. Han hecho creer a la gente que puede pecar a su gusto y luego solicitar el perdón del cura, monje o pastor (lógicamente, si deja su ofrenda, diezmo o limosna]), y luego seguir pecando.

Hablando con crudeza y absoluta franqueza, ¿realmente creen que Dios es tonto? Él ha dicho que habrá consecuencias y habrá consecuencias, aunque el clérigo o todo el rebaño caigan de rodillas, se paren de cabeza o se corten las venas y viertan sangre, como solían hacer ciertos pueblos de la antigüedad, los que adoraban a dioses falsos y cuyos nombres cayeron en desuso y hasta en el olvido. (1 Reyes 18:25-29)

En otras palabras, Jehová enseña y advierte con amor. Pero si uno pasa por alto sus principios morales, deja que individual y/o colectivamente, dependiendo del error, les sobrevengan las consecuencias, por muy desagradables que resulten. Esa es la parte que no le gusta a la gente, los que dicen: "¡Dios es cruel!" Es semejante a los padres que insisten en que su hijo se alimente, de lo contrario, no lo dejarán jugar, y el hijo comienza a dar de manotazos y a llorar, gritando: "¡Malo!".¿Es malo papá por insistir en que uno se alimente apropiadamente, no con basura?

"¿Pero no es un Dios de amor?" Es cierto, por eso primero les advierte lo bueno y lo malo, para que se echen atrás y no prosigan. Es decir, primero les advierte lo que deben hacer y les explica los buenos efectos de obedecer; luego les dice lo que no deben hacer, y todo lo que les podría ocurrir si desobedecen, hasta toda la angustia que podría  sobrevenirles a generaciones posteriores. Y finalmente, deja que las cosas sigan su curso hasta las últimas consecuencias, ya se trate de un simple insulto, o de una guerra fratricida, el calentamiento global o cualquier otra cosa. ¡Él no va a intervenir para evitar el Armagedón! ¡Ningún ser humano podrá evitarlo!

No es injusto al proceder así, ¿verdad? Cualquier padre amoroso haría lo mismo por sus hijos. "¿Qué? ¿Traer el Armagedón? ¿Acaso eso es amoroso?", dirá alguien. Pero ese no es el punto.

El Armagedón no se detendrá. Porque el hombre no se detendrá de pecar. Pero sí existe una manera de escapar y sobrevivir para contarlo. La Biblia lo tipificó en el caso de Noé, cuando vino el Diluvio, y de Lot, cuando desaparecieron Sodoma y Gomorra, y de los primeros cristianos, cuando huyeron justo antes de la destrucción de Jerusalén. Hubo sobrevivientes que vivieron para contarlo. Lo mismo ha de ocurrir con el Armagedón. De todas maneras vendrá, pero habrá sobrevivientes. Dios lo ha dispuesto, siempre que se sigan Sus instrucciones. "Hay instrucciones para sobrevivir cuando venga el fin?", preguntarás. La respuesta es ¡definitivamente! Pero el tiempo es el problema.

¿Tienes tiempo? ¿Dedicarás el esfuerzo necesario para alcanzar la meta? ¿La alcanzarás? Jesús dijo: "Muchos tratarán de entrar, pero no podrán". No porque Dios les bloquee el acceso, sino porque tardan mucho en tomar una decisión para comprometerse e involucrarse. Dudar es lo peor que uno puede hacer cuando sabe que debe hacer lo correcto.

Si  oyes disparos justo frente a tu casa, ¿saldrías a ver quién dispara? ¿O te tirarías al piso inmediatamente? La decisión que tomes determinará el desenlace. Si te quedas de pie y sales a mirar por la ventana, tendrás menos probabilidades de salvar el pellejo que si te arrojas al piso. Vivimos en un tiempo de decisión. No debes titubear. Dios no tiene los brazos cruzados. Pronto se acabará el tiempo señalado en las Escrituras y las consecuencias del proceder del hombre cerrará las cuentas. Cuando vino el diluvio, Noé no cerró la puerta del arca. Fue Jehová quien la cerró. Y no volvió a abrirla hasta que todo hubo pasado. Los que no entraron a tiempo, no entraron.

Puedes abrir la Biblia y repasar los pasajes de Ezequiel 18:19-20; Mateo 7:21; Marcos 3:35; Lucas 13:3-5; 21:34-36; Hechos de Apóstoles 2:38-40; 1 Juan 2:17 y notar si no es clara la advertencia de Dios respecto a quiénes lograrán sobrevivir en este tiempo.

Dios es amor en el sentido de que, a pesar de que la humanidad en general ha puesto el planeta al borde de la autodestrucción por haber obrado ruinosamente desde Su punto de vista, aún se reserva el derecho a permitir la supervivencia de todos los que demuestren, más allá de toda duda, que están dispuestos a involucrarse, comprometerse y andar por el camino correcto, el que está desde lo antiguo trazado en su Palabra inspirada. (Juan 3:16)

La misión de Jesucristo no fue salvar a toda la humanidad, sino solo a la humanidad obediente. No pidió a su Padre misericordia para toda la humanidad, sino solo para los humildes que se esforzaran sinceramente por aprender la voluntad de su Padre y ponerla en práctica. (Mateo 12:46-50; Juan 6:39-40; 17:9-10)

Jesús fue muy claro al indicar que la mayoría no lo lograría, no porque Dios no sería amoroso con ella, sino porque ella misma no estaría dispuesta a hacer Su voluntad. (Mateo 7:13-14) De modo que, en honor a la justicia y al debido proceso, cualquier pérdida no puede ser achacada a Dios, sino a la gente misma, por haber tenido tiempo más que suficiente para prestar atención a las buenas nuevas del Reino de Dios, pero no haber aprovechado las muchísimas oportunidades que Jesús les puso delante. (Proverbios 1:20-21; Mateo 13:15; Romanos 6:16-18; Apocalipsis 3:19-20)

No es justo desde el punto de vista de Dios esperar indefinidamente a que todos los orgullosos y tercos decidan poner fin a sus maldades y empezar a obedecerle. Él ha fijado un día, es el límite, y va a cumplir tal como cumplió siempre. Cuando ese día llegue, no le quedará la menor duda a nadie de que se habrá acabado el año de la buena voluntad de Dios y que el Armagedón es inminente. (Isaías 61:1-2; Lucas 4:18-19) Entonces, lamentablemente, se cumplirán las palabras registradas en el libro de Proverbios 1:20-32 y Mateo 24:36-42.

Lo que ocurre es que, socialmente, estamos mal acostumbrados a portarnos mal y luego esperar que nuestro papá o mamá no nos castigue. Por eso, cuando nos amenazan con castigarnos, hacemos pucheros, estiramos la trompita y ponemos cara de pena. Y nuestra carita los conmueve hasta el punto de hacerlos sentirse mal por castigarnos. ¡Somos tan lindos! De manera que declinan castigarnos, pasando por alto lo que hicimos. En realidad, los niños saben manipular a sus padres para evitar el castigo y se salen con la suya una y otra vez, logrando hacer lo malo sin sufrir las consecuencias. Pero Dios no es así.

Algunos se acostumbran a llegar tarde a todas partes y esperan que les abran la puerta, que los dejen pasar, que los atiendan primero, que les den una oportunidad más, que les den el descuento, que disculpen su falta de organización, irresponsabilidad y poco sentido del deber. Pero Dio no es así.

Parece mentira, pero a pesar de estar en el siglo XXI, todavía algunos no entienden el principio de acción y reacción. Es decir, no entienden que sus acciones tienen consecuencias directas e indirectas, tanto en sí mismos como en sus hijos, padres y abuelos, ya sea que se trate de cosas buenas o malas. No entienden que existe una relación directa entre sus propias acciones y lo que les sucede después. Sus religiones les han enseñado que pueden seguir haciendo lo que es malo y aun así evadir el castigo mediante pagar un diezmo, ofrenda o limosna. ¡Los han engañado! Eso no es posible. En el diccionario de Dios no está la palabra 'impunidad'.

Por ejemplo, cuando alguien roba, no piensa que puede perder su reputación, ir a la cárcel o perder la vida en un enfrentamiento, y ni siquiera piensa en las consecuencias para la víctima ni en todo el sufrimiento y malestar que le ha causado. Simplemente sigue robando. Hasta que un día le sobrevienen las consecuencias (el castigo de Dios).

Aún así, no aprenden. En vez de ver una relación entre sus acciones y los resultados, piensan que solo tuvieron mala suerte. El efecto no fue culpa de ellos, sino de la suerte. En otras palabras, no aprendieron nada. La próxima vez seguirán pecando y 'les irá mejor'.(Jonás 4:11)

Por eso la Biblia advierte: ‘Si no se ejecuta rápidamente la sentencia contra un delito, el corazón del pueblo se llena de razones para actuar peor’. (Proverbios 8:11) ¡Cuánto más si la autoridad encargada de hacer cumplir la ley acepta un soborno! Si no se reprende al trasgresor, este queda plenamente resuelto a continuar en su violación de las normas, y se endurece hasta llegar a estar más allá de todo sentido moral y ético.

Sus pensamientos se vuelven frívolos (todo lo toman superficialmente, aun haciendo bromas indecentes). La ignorancia los prende en una trampa y se vuelven duros de corazón, es decir, se les oscurece el entendimiento y se alejan de Dios. Pierden la vergüenza, se entregan a la inmoralidad y nunca se sacian de su indecencia. (Efesios 4:17-19)

"Pero, ¿por qué castigarlos veintiocho veces (7x4)?"

Levítico 26:18 al 33 dice que Jehová los castigaría siete veces, luego siete veces más, y luego siete veces más y siete veces más. "¡Eso es ensañamiento, crueldad". Pero no te apresures. La numerología de Biblia es interesante cuando se trata de pasajes figurados. Por ejemplo, suele utilizar el número 7 como un número completo en sentido espiritual, es decir, lo que tiene que ver con Dios; y el número 4 como símbolo de proporción, correspondencia o simetría universal.

Cuando la Biblia usa la expresión: “Tendré que castigarte siete veces” o “Tienen que perdonar a su hermano setenta y siete veces”, no está refiriéndose al número 7 en sentido literal, sino figurado. Se refiere a lo que es completo. Por ejemplo, es como si dijera: “Tengo que castigarte hasta el grado debido”, o “hasta un grado completo”; y: “Tienes que perdonar a tu hermano cuantas veces sea necesario”.

Y al mencionar cuatro veces la expresión “Tendré que castigarte siete veces”, da a entender que la disciplina será proporcional a la acción, es decir, equilibradamente. Ni más ni menos de lo que se requiere, lo cual armoniza plenamente con el principio justicia de Dios, de ‘cosechar lo que uno siembra’.

De modo que cuando Jehová dice que los castigará con peste, es una expresión literaria basada en las tristes consecuencias que les sobrevendrían por su desobediencia, y por tanto, es como si Él empuñara un látigo. No es que literalmente les mande una peste. Jehová puede ver el futuro y saber cuáles serán las consecuencias, advirtiéndole a su pueblo lo que le ocurriría. Él puede saber si de cierto proceder en particular podría resultar una peste literal. No es que envíe la peste, como por correo, sino que la peste, en ese caso, es una consecuencia.


Por ejemplo, es como si fuera un médico experto que advierte a cierto pueblo: “Si son promiscuos y tienen relaciones sexuales con cualquiera que no sea su pareja, quedarán expuestos al virus de SIDA y van a morir de una manera muy desagradable”. ¿Acaso diríamos que el médico es un exagerado? ¡No! No es una exageración, a juzgar por las tristes estadísticas que se ven en el mundo. Ahora hay mucha propaganda, documentales y programas de televisión que dicen: “Lo mejor es tener una sola pareja y serle fiel”. ¿Y qué es lo que la Biblia advirtió hace miles de años? ¡Precisamente eso!

Por lo tanto, no es una exageración ni una injusticia que la Biblia nos advierta que si pasamos por alto la palabra de Dios, algunos de los resultados podrían ser resentimientos, rencor, peleas, enemistades, guerras, destrucción, pobreza, hambre, peste, enfermedad y otros males parecidos. Es consecuencia de los propios errores.

Además, también existe lo imprevisible, que no es consecuencia de un error, sino de la casualidad. Por ejemplo, uno está caminando por la calle y, de repente, un automóvil sale de la vía y atropella a una persona. ¿Acaso Dios desvió el timón del automóvil? ¿Quiso atropellarla el conductor? Por supuesto que no. Si uno nace con un defecto congénito o de otra manera pesca una enfermedad, bien pudo deberse a la casualidad, no a una consecuencia. 

Y no olvidemos que Satanás puede poseer a las personas y hacerles sufrir mucho. En tal caso, no necesariamente se debe a las consecuencias. La Biblia indica que pueden surgir casos de hostigamiento espiritual de parte del Diablo. ¿Le echaremos la culpa a Dios?

No debemos visualizar a Dios como un padre malvado, o sobornable que nunca castiga a su hijo, a pesar de que debe enseñarle cómo vivir en sujeción a las normas de la sociedad. La Biblia dice: ‘El hijo que se deja a rienda suelta avergonzará a su madre’. (Proverbios 29:15) La gente que ve un niño malcriado, suele preguntarse: “¿Quién será su madre?”.

¿Por qué la Biblia usa ese lenguaje?

Es un lenguaje franco. Por ejemplo, alguien pudiera decirnos: “Si le pides un gran préstamo al banco y no pagas, te dejarán en la calle y no tendrás dónde recostar la cabeza, y tu esposa y tus hijos van a mendigar.”

No es que esa persona sea fatalista, pesimista o cruel. Simplemente está pintando de cuerpo entero las consecuencias de no pagar la deuda. El banco puede ejecutar cualquier hipoteca lanzándose como un león sobre cualesquier bienes e incautarlos, lo que podría resultar en que la familia padeciera muchas dificultades.

Cuando la Biblia dice cosas como ‘se pudrirán a causa de sus pecados y gemirán unos con otros’, quizás, en tal caso se refiera a los probables resultados médicos de ser sexualmente promiscuo. La persona podría contraer enfermedades como chancro, gonorrea, sífilis, SIDA. O si consume drogas, podrías sufrir las secuelas: suicidio, homicidio, violaciones, etc. Las víctimas no tienen la culpa. Dios tampoco. Son efectos muy reales que resultan de pasar por alto la sencilla norma -ahora reconocida- de tener una sola pareja y ser fiel, o de llevar vidas limpias, que es lo que la Biblia dice que es correcto. (Eze 24.23) Si un enfermo de ébola contagia a otro, Dios va a intervenir milagrosamente para evitar el contagio. Las leyes naturales que rigen el universo se cumplirán. La víctima inocente recibirá el impacto directo del contagio y tendrá que tomar las medidas correctivas necesarias. La culpa ha sido del ofensor. Lo único que pueden hacer los científicos es aplicar otras leyes naturales, combinando los compuestos químicos apropiados, y fabricar un antídoto.

El profeta Daniel dijo al Israel de su tiempo: ‘Por nuestros pecados, y por la iniquidad de nuestros antepasados, Jerusalén y tu pueblo son objeto de burla de cuantos nos rodean. (Dan 9:16) En ese caso, el pueblo fue culpable de sus errores. Pero ¿por qué castigarlos? Porque Dios los había escogido para que llevaran su santo nombre con dignidad y respeto. Pero se portaron muy mal. ‘Sólo a ustedes los he escogido entre todas las familias de la tierra’, les dijo.

¿Cómo procederías tú con una persona que dejaste a cargo de tus hijos, pero más tarde te enteras de que estuvo maltratándolos? Jehová siente el mismo celo por su nombre y reputación. Cuando él dijo: 'No pronuncies el nombre de Jehová tu Dios a la ligera, porque Yo, Jehová no tendré por inocente a quien se atreva a pronunciar mi nombre a la ligera', no se refería al acto superficial de decir su nombre de labios afuera, sino a cualquier acto o comportamiento que resultara en que directa o indirectamente alguien hablara mal de Él. Por eso el profeta Isaías se dirigió a Israel y proclamó: 'No hay un solo momento en que ustedes no hayan blasfemado mi nombre'. (Isaías 52:5) De labios afuera decían que el nombre de Dios era tan puro que ni siquiera debía pronunciarse, pero con su conducta lo pintaban en falsos colores. ¿No oró Jesús: 'Santificado sea tu nombre'? Dios es amor, pero su pueblo estaba haciéndolo quedar como un Dios cruel y desamorado.

En cierta ocasión, una persona tropezó con cierto versículo de la Biblia y decidió nunca más adorar a un Dios así. ¿Qué decía aquel pasaje? "Jehová es un Dios celoso que se venga. ¡Dios de venganza, Señor de la ira! Jehová se venga de sus adversarios y es implacable con sus enemigos. Jehová es lento para la ira, pero imponente en fuerza y poder. Él no dejará a nadie sin castigo". (Nahúm 1:2-3) Como no tenía perspicacia, no entendía lo que leía. Entonces, una ilustración le permitió comprenderlo mejor. (Daniel 12:10)

Si tu hijo de cinco años, un niño bueno y cariñoso, se va a la escuela en el ómnibus escolar, pero por la tarde regresa a casa con un ojo morado y un labio partido, ¿qué harías? ¿Te quedarías de brazos cruzados? Le dirías: "Tienes que ser amoroso y perdonar. La gente no es mala, sino que a veces hacer cosas malas"? ¿O más bien no montarías en cólera y tratarías de ajustarle las cuentas al abusón tan pronto como te sea posible? ¿No te apresurarías a ir a la escuela para preguntar qué sucedió, quién es la persona que le hizo eso a tu hijo? ¿O tal vez irías con tu hijo al final del día escolar y le pedirías que te muestre quién fue el que le hizo daño? ¿Y qué hay si de repente sale un muchacho grandote, de cuarto de secundaria, dándose ínfulas y golpeando en la cabeza a los niños pequeños, y tu hijo te dice: 'Él es'"? ¿Acaso no irías directamente adonde él y le ajustarías las tuercas? ¿O pedirías al Director la dirección de su casa y visitarías a sus padres?

Sea lo que sea, harías todo lo posible por vengar a tu hijo, ¿verdad? ¿Y te convertiría eso en una persona cruel y malvada? ¡De ninguna manera! Simplemente estarías ejecutando justicia para tu hijo. Si te quedaras impávido, tu hijo te perdería respeto. Pero si lo vengas, te cobraría cariño, se sentiría seguro de tener alguien que puede defenderlo ante los que abusan, te amaría más. Bueno, a eso se refiere la Biblia cuando dice que Dios se venga. Quiere decir que defenderá a sus hijos de los abusos de los hijos del Diablo. Y nadie puede tildarlo de cruel ni injusto.

Por tanto, la lectura de la Biblia no es suficiente. También hay que aprender a entender lo que quieren decir algunos pasajes difíciles de comprender. La Biblia no solo dice que Dios es amor. También dice que es justo, poderoso y sabio. Él sabe cuándo es el mejor momento de intervenir, por qué intervenir, cómo intervenir y cuán fuerte debe expresar su sentido de justicia en cada caso. Si uno se apresura a entender que Nahúm 1:2-3 simplemente se refiere a una persona cruel, insensible que no tiene cariño, estará entendiendo mal. Pero si uno piensa en su hijo de 5 años, que es víctima de bullying de parte de un grandote de la secundaria, puede ponerse en el lugar de Dios y entender por qué a veces Dios tiene que vengarse.

Por último, la venganza de Dios no es como la venganza del hombre terrestre, que solo busca satisfacer su cólera. La venganza de Dios se basa en una epignosis del abusón. Es decir, Jehová conocer a fondo todos los detalles de la vida del abusón, y puede medir exactamente cuán fuerte debe aplicar su venganza contra él, a fin de darle una lección. Dios no es un hombre que saca un látigo y azota a la persona literalmente. La manera como la azota es permitiendo que sus errores se vuelvan contra ella en la forma de consecuencias directas por su error.

Por ejemplo, si el conductor de un ómnibus acostumbra llevar a sus pasajeros a alta velocidad, pasarse la luz roja, ir en contra del tránsito, frenar y avanzar bruscamente y cosas semejantes, ¿acaso seguirá impune por mucho tiempo? ¡En absoluto! Las consecuencias de su proceder volverán sobre su cabeza el día que se estrelle y se rompa las piernas. ¿Acaso Dios le mandó un ángel para que se haga daño? ¡No! fueron las consecuencias de su proceder. Es todo. El castigo de Dios le vino en la forma de cosechar las consecuencias. Y de seguro aprenderá que esa no era la manera de manejar un ómnibus.

Igualmente, si un abusón le pega a tu hijo, tarde o temprano se encontrará con la horma de su zapato y alguien le dará una buena paliza. ¿Es Dios quien le da la paliza? No, es una consecuencia se sus errores. Sin embargo, desde el momento en que los resultados son un efecto del sentido de justicia que Dios ha implantado en los seres humanos, se puede decir, retóricamente, que Dios lo ha castigado. Dios se ha vengado. Dios ha hecho justicia.

Igualmente, cuando llegue el juicio final, le sobrevendrán a la humanidad todas las consecuencias de sus errores. Solo se salvarán aquellos que se hayan esforzado sinceramente por producir buenas consecuencias en su vida. Y si algún abusón les quita la vida, él se la devolverá. Porque Cristo dio su vida para que recuperáramos la vida si la perdíamos. La resurrección es el antídoto para la muerte.

Por eso, el pacto que Dios celebró formalmente con su pueblo en el Monte Sinaí, Arabia, no resultó de una imposición arbitraria. Jehová les propuso ser su Dios, les dio la opción de acogerse a sus leyes, o de servir a los dioses falsos de los países que los rodeaban y hostigaban. Y fueron ellos quienes decidieron, voluntariamente, servir a Jehová. No fue una imposición, sino una respuesta que ellos le dieron en pleno ejercicio de su libre albedrío. Dios no les impuso ser su Dios. Se los propuso después de haberlos salvado de la mano de los egipcios. Ellos reconocieron tal acto de venganza como un acto de amor, y aceptaron ser el pueblo de Dios.

Después de oír todas las bendiciones que recibirían por portarse bien, y todas las advertencias por portarse mal (es decir, las consecuencias que les sobrevendrían por portarse bien o mal), Jehová procedió a hacer un pacto condicional con ellos, teniendo como mediador a Moisés.

Yavé -Jehová- les dijo: ‘Si ahora ustedes me son del todo obedientes y cumplen mi pacto, serán mi propiedad exclusiva entre todas las naciones. Porque toda la tierra me pertenece. Y los constituiré en un reino de sacerdotes y una nación santa para mí.’ Y añadió: ‘Anda, comunícale todo esto a Israel’. Entonces, Moisés fue y convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas palabras de Yavé, y todo el pueblo respondió a una sola voz: ‘Haremos todo lo que Yavé ha ordenado’. Y Moisés llevó de regreso la respuesta del pueblo a Yavé. (Éxodo 19:5-8)

De modo que fue un acuerdo legal ente dos partes basado en la única condición de que fueran obedientes. El que no cumplieran con su parte del trato significaría la ejecución de las sanciones estipuladas en el mismo, tal como se ejecutan las disposiciones de la oficina de impuestos cuando un empresario no cumple con sus obligaciones tributarias. Si alguien pretende burlarse del fisco, el fisco lo pondrá en su sitio, y no le va a gustar. Y el castigo puede variar entre una multa en dinero hasta varios años de cárcel y/o la incautación de sus bienes. Y no se consideraría injusto. Es simplemente la aplicación de una ley que aquel empresario sabía que debía cumplir. Dicho de otro modo, él mismo se ajustó las tuercas.

Por eso no debemos considerar injusto a Dios cuando indica claramente en su Palabra la Biblia que la promiscuidad sexual puede llevar a problemas y dificultades de todo tipo (embarazos no deseados, abortos, drogadicción, borrachera, enfermedades, etc.). Tampoco es injusto al advertir que las impurezas morales perjudican la espiritualidad y que las impurezas físicas, el cuerpo. Por ejemplo, si alguien se vuelve fumador, o frecuenta ambientes donde fuman, podría sufrir un enfisema pulmonar o cáncer (‘se pudrirán a causa de sus pecados y gemirán unos con otros’. ¿No han sido esos siempre los resultados para los fumadores empedernidos?

De modo que no es exagerado decir que uno cosecha lo que siembra, y que dependiendo de lo que siembra, puede ser feliz o infeliz. Cuando Dios dice: ‘Les haré pagar por todas sus perversidades’, no está siendo exagerado ni injusto, o cruel. Solo está diciendo que las cosas seguirán su curso y habrá consecuencias. Es todo. ¿Tan difícil se nos hace entender algo tan simple? (Am 3:2)

Levítico 26 dice, en parte: ‘Si ustedes no me obedecen ni ponen por obra mis mandamientos, sino que desprecian mis estatutos y aborrecen mis preceptos, y dejan de poner por obra todos mis mandamientos, violando así nuestro pacto, entonces yo mismo los castigaré con un terror repentino, con enfermedades y con fiebre que los debilitarán, que les harán perder la vista y acabarán con su vida. Y en vano sembrarán su semilla, porque se la comerán sus enemigos. Porque les negaré mi favor, y sus adversarios los derrotarán. Sus enemigos los dominarán, y ustedes huirán sin que nadie los persiga.

’Y si después de todo esto siguen sin obedecerme, [tendrán que afrontar y sufrir todas las consecuencias naturales en proporción a su terquedad]. Y quebrantaré su orgullo y terquedad. Endureceré el cielo como el hierro y la tierra como el bronce, por lo que en vano agotarán sus fuerzas, y ni el suelo ni los árboles del campo les darán sus frutos.

’Si a pesar de esto siguen oponiéndose a mí, y se niegan a obedecerme, [nuevamente tendrán que afrontar y sufrir todas las consecuencias naturales en proporción a su terquedad]. Lanzaré sobre ustedes fieras salvajes, que les arrebatarán sus hijos y destruirán su ganado. De tal manera los diezmarán, que sus caminos quedarán desiertos.

‘Si a pesar de todo esto no aceptan mi disciplina, sino que continúan oponiéndose a mí, yo también seguiré oponiéndome a ustedes. Yo mismo me aseguraré de que [afronten y sufran todas las consecuencias naturales en proporción a su terquedad]. Dejaré caer sobre ustedes la espada de la venganza prescrita en el pacto. Cuando se retiren a sus ciudades, les enviaré una plaga, y caerán en poder del enemigo. Cuando yo destruya sus trigales, diez mujeres hornearán para ustedes pan en un solo horno. Y lo distribuirán racionado, de tal manera que comerán pero no se saciarán.

‘Si a pesar de esto todavía no me obedecen, sino que continúan oponiéndose a mí, entonces yo también me pondré definitivamente en su contra. [Tendrán que afrontar y sufrir todas las consecuencias naturales en proporción a su terquedad], y tendrán que comerse la carne de sus hijos y de sus hijas. Destruiré sus santuarios paganos, demoleré sus altares de incienso, y amontonaré sus cadáveres sobre las figuras sin vida de sus ídolos. Volcaré mi odio sobre ustedes; convertiré en ruinas sus ciudades, y asolaré sus santuarios. No me complaceré más en el aroma de sus ofrendas, que me era grato. De tal manera asolaré al país, que sus enemigos que vengan a ocuparlo quedarán atónitos. Los dispersaré entre las naciones: desenvainaré la espada, y los perseguiré hasta dejar desolada su tierra, y en ruinas sus ciudades. Entonces la tierra disfrutará de sus años sabáticos todo el tiempo que permanezca desolada, mientras ustedes vivan en el país de sus enemigos. (Lev 14:26-35)

‘Los castigaré siete veces por sus pecados’, ‘los castigaré siete veces más por sus pecados’, ‘los castigaré siete veces más por sus pecados’ y ‘los castigaré siete veces más por sus pecados’ no debe leerse como un ensañamiento de parte de Dios, sino todo lo contrario. Jehová está apelando a su discernimiento para que se percaten a tiempo de que las consecuencias serán muy desagradables. Por eso, la lectura debe entenderse inteligentemente: [Afrontarán y pasarán por todas las consecuencias naturales en proporción a la terquedad de su corazón].

En otras palabras, la expresión ‘los castigaré siente veces más por sus pecados’ bien podría leerse así: “Permitiré que les sobrevengan todas las consecuencias por sus errores hasta que entiendan que les conviene portarse bien’. No es que él saque un látigo y agresivamente golpee a todos. Solo se trata de las consecuencias nefastas de pasar por alto la bondad. Desdeñar la bondad siempre tiene malas consecuencias.

Por ejemplo, cuando Caín mató a Abel, Jehová no dejó impune a Caín. Le dijo que cualquiera que derramara sangre, su propia sangre sería derramada. O sea, ningún asesino quedaría impune. Tarde o temprano, las consecuencias de su asesinato le sobrevendrían inexorablemente. Y así ha sido siempre. Dios, en su derecho de ejercer justicia, venga la sangre de todos mediante las consecuencias del error que comenten los que derraman sangre.

Por lo tanto, no es contrario al ejercicio del amor el que Dios equilibre la balanza de la justicia y permita que le sobrevengan las consecuencias de sus propios errores a las personas que persisten en pasar por alto las normas divinas y se empecinan en hacer cosas que Dios considera incorrectas. Al contrario, Dios está siendo claro al advertirles que, si no modifican su conducta, tarde o temprano, cosecharán mucho dolor, no porque él quiera hacerlos sufrir, sino porque son las consecuencias lógicas del proceder de ellos mismos.

Jesús dijo a sus apóstoles o mensajeros: ‘Si alguno no los recibe bien ni escucha sus palabras, al salir de esa casa o de ese pueblo, sacúdanse el polvo de los pies (es decir, ‘no se sientan culpables’). Les aseguro que en el día del juicio el castigo para Sodoma y Gomorra será más tolerable que para ese pueblo’. En otras palabras, ‘el que se enterque y no quiera entrar en razón, su situación en la vida llegará a ser más insoportable que si viviera en Sodoma o Gomorra’. (Mateo 10:14-15) Para los inicuos, asesinos, fornicadores y mentirosos, su vida irá de mal en peor hasta que paguen por todo lo que hicieron. Con Dios no hay parcialidad. Él es misericordioso con el que se arrepiente sinceramente, pero no con el que persiste en violar sus leyes.

Así Jesús cumplió con advertir, de la misma manera como Yavé advirtió a su pueblo, que si alguien creía que podía pasar por alto las normas del amor y aún así disfrutar de la vida, se equivocaba rotundamente. ¡La vida se le complicaría tanto que sería insoportable y dolorosamente cruel!

No es que Jesús fuese sádico, ¿verdad? Simplemente estaba advirtiendo que si alguien pasaba por alto las buenas nuevas, basadas en el amor, las consecuencias no serán mejores que las que sufrió el antiguo pueblo de Israel.

Yavé le había advertido: "Dejaré que se levante contra ti una nación muy lejana, cuyo idioma y cultura te serán difíciles de entender; y vendrá veloz como un águila desde el confín de la tierra. Será una nación de aspecto feroz que no respetará ni a los viejos ni a los jóvenes. Devorará las crías de tu ganado y las cosechas de tu tierra hasta aniquilarte. No te dejará trigo ni mosto ni aceite, ni terneras en las manadas, ni corderos en los rebaños. ¡Te dejará completamente arruinado! Te acorralará por todas partes; y te sitiará hasta que se derrumben tus murallas fortificadas en las que tanto confías. ¡Sí! Te asediará por toda la tierra y en las ciudades que Yavé tu Dios te había otorgado!

‘Así resultará ser tu sufrimiento durante el sitio de tu ciudad. Acabarás comiendo el fruto de tu vientre, la carne misma de tus hijos e hijas que Yavé tu Dios te había concedido dar a luz. Hasta el más tierno y sensible de tus hombres se volverá un hombre sin compasión de su propio hermano, ni de la esposa que ama, ni de los hijos que todavía le queden, a tal grado que no compartirá con ellos nada de la carne de sus hijos que esté comiendo, pues será todo lo que le quede’. (Deuteronomio 28:49-53) Desgarrador, pero es el resultado final de no obedecer a Dios.

Como cualquier padre amoroso

Tal como cualquier padre amoroso le diría a su hijo adolescente: “Contrólate o te irá mal”, Jehová ha cumplido con dar todas las advertencias del caso, tanto a su pueblo Israel como a toda la humanidad mediante las buenas nuevas de Jesucristo. ¿Y qué han hecho? ¿Han obedecido? No. Masacraron a Jesús, lo tildaron de blasfemo y le dieron una muerte horrible.

Por eso, el apóstol Pablo dice: ‘¿No es que no oyeron, verdad? ¡Claro que oyeron! Porque por toda la tierra se difundió su palabra [¡las buenas nuevas han llegado hasta los confines del mundo! ¿Acaso Israel no entendió nada?’]. (Romanos 10:18-19) Aquí el apóstol da a entender que Dios ha cumplido con su parte, pero su pueblo no. Por eso tendrían que sufrir las consecuencias estipuladas en el pacto.

Todo lo que está ocurriendo hoy en el mundo es exactamente lo que Dios había advertido que sucedería si pasaban por alto sus amorosas leyes. Él no ha sido ningún sádico cruel ni un malvado justiciero por cumplir su parte del trato.

‘Actuaron contra él de manera corrupta; para vergüenza de sí mismos. Dejó de considerarlos como sus hijos. ¡Resultaron ser una generación torcida y perversa! ¿Así es como le pagas a Jehová, pueblo tonto y terco? ¿Acaso no fue él tu Padre, tu Creador, el que te hizo y te formó? Recuerda, por favor, los días de antaño, y considera las épocas del remoto pasado. Dile a tu padre que te lo explique, y a los ancianos que te lo cuenten. Cuando el Altísimo dio su herencia a las naciones, cuando dividió a toda la humanidad, ¿acaso no les dio límites a los pueblos?’ (Deuteronomio 32.5-8)

Por lo tanto, cuando Jehová castiga a alguien, ya sea individualmente, como persona, o colectivamente, como nación, está permitiendo que les sobrevengan las consecuencias de sus propios errores. No castiga sin dar sanas y oportunas advertencias, tampoco sin mostrarles lo hermoso que resultaría obedecerle.

Una lectura apasionante

Sí, la Biblia es un libro que nos habla de una manera impresionante. Pero tenemos que aprender a leerla. Si la entendemos mal, y por eso nos formamos una mala imagen de Dios, no es culpa de Dios. Tenemos que buscar el entendimiento correcto. Entonces disfrutaremos de una mejor relación con Él y aprenderemos lo que verdaderamente significa la justicia de Dios.

Cuando Dios dice que castigaría a alguien siete veces más, se refiere a que simplemente permitirá que las cosas sigan su curso hasta que le sobrevengan las consecuencias por su terquedad. Eso no es injusto en ningún lugar del universo. Y cuando dice que lo castigaría siete veces más, se refiere a que simplemente continuaría permitiendo que las cosas siguieran su curso y le sobrevinieran las consecuencias de su capricho hasta que se diera cuenta de su error. Pero si no le entraban balas y no quería oír las buenas nuevas, lo castigaría siete veces más, en el sentido de que seguiría permitiendo que las cosas empeoraran más y más, cayendo por su propio peso y sobreviniéndole las consecuencias de su capricho. Así de simple. ‘Porque Dios pagará a cada uno según sus obras’. (Romanos 2:6)

No es injusto que Dios permita que cada quién reciba los resultados de su esfuerzo. Si uno se esfuerza por hacer cosas buenas, recibirá de su esfuerzo cosas buenas; pero si uno se esfuerza por hacer cosas malas, recibirá de su esfuerzo cosas malas. ¿Dónde está la injusticia y la falta de amor?

“Pero hay buenos que reciben cosas malas?”

¿Estás seguro de que son buenos? ¿Pondrías la mano en el fuego por otra persona afirmando que a los ojos de Dios no ha hecho cosas malas en el pasado, y por tanto, no merece cosechar lo que está cosechando?

“Pero Dios es misericordioso”, dirás. Y es cierto. Pero ¿cómo entiendes eso? De ninguna manera significa que Dios impedirá que las consecuencias alcancen a los tercos de corazón.

En primer lugar, la misericordia de Dios es solo asequible a los arrepentidos, no a los que dicen: ‘No me arrepiento de nada” o “No tengo nada de qué arrepentirme”. Si alguien dice: "Yo vivo a mi manera y nadie tiene derecho de decirme cómo debo vivirla", Dios deja que la viva como quiera. Pero habrá consecuencias, y no podrá sacárselas en cara a Él.

En segundo lugar, la misericordia de Dios resulta de enmendar uno sus caminos y girar el timón en la dirección correcta: El Reino de Dios. Si uno hace eso, entonces le consolará saber que, a pesar de las consecuencias que tenga que sufrir por sus maldades del pasado, ahora tiene la esperanza de que en el futuro su vida mejorará en todo sentido; y que en el presente ya no se meterá en nuevos problemas, y por tanto, minimizará el riesgo de empeorar las cosas. No significa que Dios le quitará las consecuencias, sino que hará que las consecuencias le sean más soportables, por medio de enseñarle, mediante la Biblia, a enfrentarlas de la manera más conveniente.

Por eso, comentando sobre las claves de la felicidad mencionadas por Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Mateo 5:3-12), podríamos reflexionar al revés y sentir más profundamente en nuestra vida la seriedad del asunto:

Infelices son los que no toman conciencia de que su relación con Dios se ha deteriorado, porque el mensaje del reino de los cielos no les aprovecha.

Infelices son los que son indiferentes ante las cosas malas que están ocurriendo en la tierra, porque no sintonizan cuando se les habla de las buenas nuevas del Reino.

Infelices son los orgullosos, porque para ellos el Padre no tiene reservada ninguna herencia en el cielo ni en la tierra.

Infelices son los que no sienten hambre ni sed por la justicia de Dios, porque cuando Dios intervenga, serán confrontados con sus propias obras, y nos les van a gustar.

Infelices son los que no sienten compasión por los demás, porque ellos mismos no recibirán un trato compasivo.

Infelices son los de corazón sucio, porque ellos no ven a Dios.

Infelices los que fomentan la guerra, porque no merecen ser llamados hijos de Dios, ya que quitan la vida a los hijos de su prójimo.

Infelices los que persiguen a los que Dios considera justos, porque el reino de los cielos se volverá en su contra.

Infelices todos lo que insulten, persigan y levanten calumnias contra mis discípulos semejantes a ovejitas. Llénense de preocupación, porque les espera una gran recompensa: Las consecuencias que se les debe por su error. Porque de la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron tiempo atrás.

Por eso, no te resientas por que Dios haya permitido que las consecuencias sigan su curso, tanto en el caso de una persona como en el de un país o continente. Más bien haz lo sumo posible por ponerte a derecho con Él y dejarte enseñar por Él mediante la Biblia, a fin de que sepas qué hacer con tu vida de manera que le saques un mayor provecho. (Mateo 7:24-27)
. . .