¿Es Dios amor?

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Cuando un rescatista se lanza al vacío, al mar, a un río o a un acantilado, o si escala una larga y pesada montaña o se interna en un bosque enmarañado para salvar a una persona, no lo hace por la adrenalina ni para pasar un momento agradable, sino para cumplir con un mandato en su conciencia, que le dice: "¡Es tu misión en la vida!".

No sabe si tendrá éxito. No sabe con qué obstáculos se encontrará. No sabe si la persona seguirá con vida. No sabe si tendrá que poner a prueba los más sofisticados conocimientos de supervivencia. No sabe si le alcanzará la luz, el tiempo, el combustible o las fuerzas. No sabe si regresará con vida. Todo lo que sabe es que debe confiar en su entrenamiento y hacer todo lo posible por traer a la persona de vuelta a casa.

En cambio, Jesús sabía que su misión tendría éxito. Sabía con qué obstáculos se encontraría. Sabía que muchos pondrían fe en las promesas de su Padre. Sabía que sus detractores pondrían a prueba sus conocimientos de las Escrituras y su tolerancia. Sabía que él era luz que estaba para venir al mundo y que su tiempo era limitado. Pero no tenía dudas de que el espíritu santo lo ayudaría a cumplir con su obra y a regresar al Padre. Sabía que podía confiar en su entrenamiento y rescatar a la humanidad de las garras de Satanás, del pecado y de la muerte. ¡Y lo hizo! (Isaías 55:11; Juan 19:30; Hebreos 2:14-15) Jesús es el rescatista más experimentado.

Sin embargo, a veces ciertas circunstancias nublan nuestro entendimiento de lo que significa el verdadero amor. Por ejemplo, un niño de corta edad, que es amado entrañablemente por sus padres, adquiere un virus potente que puede ocasionarle muchísimo daño. El médico recomienda un tratamiento vía oral, pero no da resultados. Los análisis prueban que el virus no ha retrocedido. Hay que pasar a un método más agresivo: Tres inyecciones a la nalga, una cada 24 horas.

La primera experiencia le resulta espeluznante. Llora como si lo fueran a matar. Pero el día siguiente llora aún más. Todo el hospital puede escuchar sus alaridos. Sus padres no pueden comprender cómo es posible que los médicos sean tan insensibles y no le apliquen algún sedante. ¿Vale la pena seguir con la tortura psicológica? Pero no saben de medicina. No conocen otro tratamiento. Tienen que llevarlo a su tercera cita con el dolor. La pregunta es obvia: ¿Estamos mostrándole amor u odio? ¿Es correcto hacerle pasar por tanto dolor? ¿Es tan necesario?  ¿Quedará traumado? ¿Nos odiará por el resto de su vida?

Ellos han permitido este tratamiento por amor a su hijo. Porque no quieren que muera, no quieren que el virus lo consuma, no quieren perder a su niño. Pero el niño tiene otra manera de ver los asuntos. Piensa que sus padres han sido muy malos con él por no defenderlo ante "esos malvados" que le causaron tanto dolor. Su tristeza lo ha vuelto ojeroso y desencantado. En adelante, ve a sus padres con otros ojos. Ya no los quiere tanto como antes, y ellos están desconsolados. Hubieran preferido evitarle el sufrimiento, pero no fue posible. 

Algo parecido sucedió con el Padre de Jesús cuando tuvo que enviarlo a la tierra a rescatar a la humanidad. Sabía que la humanidad se había vuelto muy mala, y que despreciarían y matarían a su hijo. Pero el hijo mismo quiso venir en rescate de todos. Estaba dispuesto a pasar por cualquier dolor que el Diablo le causara, con tal de hacer lo que era correcto: Salvar a los que pusieran fe en él. Como se lee en el evangelio de Juan, capítulo 17, versículos 1 al 26: "No ruego solamente por éstos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos". Estaba seguro de que su obra se llevaría a cabo con éxito. Pero surge una pregunta.

¿Haremos la parte que nos corresponde?

En la Biblia, en 1 Juan 4:8, se lee que "Dios es amor", y continúa diciendo que "el que no ama no conoce a Dios". Por lo tanto, la fe en Dios depende no solo de que uno entienda lo que significa el amor, sino de llevarlo a la práctica.

¿Por qué es tan importante que uno defina correctamente lo que significa el amor? Porque 1 Juan 4:8 no dice que "Dios tiene amor", sino que "Dios es amor". La definición del amor define a Dios. Además, no dice que el amor sea simplemente un sentimiento latente, escondido, sino manifiesto, que está a plena vista: "El que no ama no conoce a Dios".  En otras palabras, el que no entiende ni ejerce el amor, no sabe de qué está hablando cuando dice que ama o conoce a Dios.

Eso significa que si no entendemos lo que significa el amor, tampoco comprenderemos qué o quién es Dios. Por lo tanto, la clave para conocer a Dios es 1) entender lo que significa el amor y 2) ponerlo en práctica. Y para que no exista confusión ni conflicto, la Biblia nos da el significado exacto del amor y nos dice de qué maneras podemos ponerlo en práctica.

Muchos creen que el amor consiste en alimentar y ayudar a los pobres. Se aferran a uno o dos versículos que dicen que Jesús vino a salvar a los pobres. Pero Jesús se refirió principalmente a los pobres de espíritu, no a los que tenían poco dinero. No es un secreto que algunos pobres se dedican a la delincuencia y a un mar de vicios. Jesús sabía que satisfacer el hambre física no era la clave para llegar a Dios, sino satisfacer el hambre espiritual. Cuando Jesús alimentó a las muchedumbres con tan solo unos cuantos pescados y panes, no lo hizo tan pronto como vio con hambre a sus oyentes. Había pasado largas horas, durante tres días, enseñándoles verdades fundamentales relacionadas con el Reino de Dios. Estaban en el campo. Por ahí no había lugares para ir a comprar alimentos. Por eso, en su misericordia, se conmovió y les dio de comer milagrosamente. (Mateo 15:29-32)

Otros creen que el amor se manifiesta cuando uno se enamora perdidamente de alguien. Películas y obras de teatro, novelas y toda clase de estímulos publicitarios dicen que "hacer el amor" es una prueba de amor verdadero. Pero entonces ¿por qué a muchos se les acaba el amor y terminan peleando como perros y gatos y separándose? La Biblia dice que una característica del amor verdadero es que no se acaba. (1 Corintios 13:8)

Y otros creen que si Dios nos amara, no permitiría que sufrieran nuestros hijos, tal como vimos hace un momento. Pero ¿acaso Dios tiene la culpa o es responsable por el daño que se acarrea la humanidad por pasar por alto sus leyes naturales? Alguien podría decir que sí. Después de todo, ¿no creó él los virus y bacterias que nos pueden matar. Pero ¿realmente es así?

Por ejemplo, cierto naturalista europeo creyó que no hacía nada malo cuando extrajo secretamente de su país una especie de pez y lo soltó en un río de sudamérica. Dicho de otro modo, lo sacó de su hábitat y lo introdujo en un río donde habitaba una especie que pronto se convertiría en su alimento. El resultado fue que la especie importada se multiplicó más de lo pensado y creció a un tamaño mucho más grande. Casi resultó en la extinción de la especie nativa, que era fuente de alimento para las poblaciones cercanas. El nuevo pez, cuyo tamaño ahora era monstruoso, también se convirtió en un peligro para los niños que solían nadar en el río. ¿Le echaremos la culpa a Dios?

Todo depende de algo. Es cierto que Dios creo los mares. Pero si nos adentramos en el agua sin protección, guía ni experiencia, podríamos ahogarnos. ¿Le echaríamos la culpa por nuestra intrepidez o falta de precaución? O por ejemplo, beber agua nos beneficia. Pero si nos excedemos en cantidad y frecuencia, podríamos adquirir polidipsia psicogénica y poner en grave riesgo nuestra vida, alterando la función de los riñones y la composición de la sangre, aparte de desequilibrar los fluidos y electrolitos del organismo. Perderíamos muchos minerales (como sodio, potasio y magnesio) y podríamos pasar de sentir náuseas y dolores de cabeza a sufrir de diuresis, convulsiones, pérdida de concentración, parálisis, desmayos y llegar al extremo de morir. Beber agua es saludable, pero nunca en exceso.

Sí. Lo bueno puede convertirse en malo según el uso que le demos. Y no es que Dios lo haya deseado así, sino que a veces, por ignorancia, usamos mal su creación. ¿Diremos que Dios no es amor?

Lo que significa el amor

En 1 Juan 5:3 leemos: "Amar a Dios significa cumplir sus mandatos". No dice que el amor sea tan solo un sentimiento ni una idea ni un pensamiento. Dice que es un patrón de comportamiento que consiste en poner en práctica los mandatos de Dios. Es un sentimiento profundo que induce una actitud o comportamiento que agrada a Dios.

Cómo llevarlo a la práctica. Para que no malinterpretáramos el significado del amor, en 1 Corintios 13:4-8 se especifica que el amor no es envidioso, no hace alardes, no procede con bajeza, no busca sus propios intereses, no se irrita, no lleva cuenta del mal ni se alegra con la injusticia. No es impaciente ni displicente. No esconde, evade ni disimula la verdad. No es rencoroso. No desconfía de todo. No se desespera. No es débil frente al dolor. Y no es pasajero ni temporal.

En pocas palabras, uno no entiende el amor ni tiene amor si tiene una personalidad impaciente, desesperada, poco servicial, egoísta, envidiosa, colérica, mentirosa, injusta, que rara vez se disculpa, cree en tonterías  y no soporta la menor provocación, alardea de sus logros, procede con bajeza y siempre está maldiciendo a otros, echándoles la culpa.


Como vimos, el apóstol Juan indicó que amar a Dios significaba cumplir sus mandatos. La definición del amor a la que comúnmente estamos expuestos no es la versión de Aquel que es la fuente del amor. Se trata de un sentimiento mucho más profundo, sublime y significativo de lo que jamás podríamos imaginar.

Cuando la Biblia dice que Dios es amor no está pintando un cuadro romántico basado en la atracción sexual, sino en un sentimiento que resulta de la observancia de principios de la más elevada política universal. Por eso Juan dice que el amor significa que observemos sus mandamientos. Es decir que si obedecemos lo que Dios nos manda, produciremos en nuestro interior una satisfacción tan grande que nos hará felices.

Por ejemplo, la Biblia dice que los padres deben amar a sus hijos, y que los hijos deben amar a sus padres. Cuando todos cumplen esa ley, se sienten felices y su hogar llena todas las necesidades humanas fundamentales. Lo contrario produce discordia, enemistad y peleas constantes, querrán separarse y no verse las caras nunca más.

A lo largo de toda la Biblia se conecta la obediencia con la felicidad, y la felicidad con la obediencia. Los mandamientos de Dios no tienen como propósito herirnos ni causarnos dolor, sino todo lo contrario. La mala interpretación que siempre se dio al amor se basa en toda una estructura de mentiras construida por el Diablo, con la finalidad de que nos alejemos de Dios debido a la idea equivocada de que es cruel, despiadado o indiferente. Y hasta cierto punto, lo ha conseguido con la mayoría. No es poco común que la gente diga que el Dios del nuevo testamento es cruel, mientras que el del nuevo testamento se hace pasar por bueno. En pocas palabras, es un hipócrita. Pero ¿es eso cierto?

Un recurso muy interesante para entender la definición de una cosa es reflexionar en lo que no es. Si lo aplicamos al amor, tendríamos que incluir en nuestra consideración el odio negativo y todo lo que le ha causado a la humanidad, empezando por el execrable crimen de Caín, siguiendo con la ambición política de Nimrod y su pasión por ser adorado como el dios Tamuz, además de todo el abanico de maldad, suciedad, corrupción, traición e injusticia que la mayoría de gobernantes han alimentado a través de milenios de intentar perpetuarse en el poder, coincidentemente con un increíble derramamiento de sangre.

El hombre ha destruido poco a poco nuestra visión de un mundo hermoso, destruyendo la idea de poder lograr algún día la reconstrucción del Paraíso perdido. Y lo ha cambiado por un panorama sombrío, lleno de fierro, cemento y plástico, humo, fuego y pestilencia, inundando el espacio sideral con los desechos producidos por guerras con seres interplanetarios que usan toda clase de armas de destrucción masiva, un tiempo en el que el matrimonio, la paternidad, la lealtad, la unión familiar y la procreación ya no existen. Las personas son clonadas, no concebidas en el vientre materno, y la imagen de la felicidad ha sido cambiada por la de "sálvese quien  pueda", desplazando las virtudes que agradan a Dios.

Aún ahora se considera ridículo hablar de la lealtad, la honradez, la sinceridad y el cariño. Cierto conferenciante de motivación habló del respeto, el interés altruista y el aprecio como factores que contribuyen a un clima agradable, no solo en la oficina, sino en la calle, en la relación entre clientes y vendedores. Al final de su conferencia, el gerente lo llamó a un lado, disgustado porque "había sido muy blando con los vendedores".  Y comentó: "A esta gente hay que tratarlo con látigo". En otra ocasión, el conferenciante habló acerca del sentimientos más degradantes, diciendo que "se trata de una guerra" para ver quién se agarra los clientes y el mercado del competidor. El gerente lo felicitó por su "brillante conferencia".

Le deformación que se ha dado al concepto del amor solo puede entenderse cuando uno abre los ojos y se da cuenta del grado al que ha llegado el odio en el mundo. Superficialmente vemos que la gente se queja de la injusticia, pero en el fondo lo que quiere es justicia para sí misma, no para los demás. Se quejan cuando sufre su economía, pero se regocija cuando logra quitarle a otro su mercado. Por un lado, alaban a Dios, pero con la misma lengua maldicen a su prójimo, que en realidad son sus hermanos humanos. Con la misma boca bendicen y maldicen. Eso no debería ser así, pero lo hacen.

¿Acaso alguna vez se ha visto que brote agua dulce y agua salada al mismo tiempo, de la misma fuente? O ¿pueden brotar aceitunas de una higuera o higos de una vid? No. Tampoco sale agua salada y agua dulce de la misma fuente. Si alguien maldice a otros, sus bendiciones no sirven para nada. El amor se manifiesta en armonía con la sabiduría y la justicia.

Por eso la Biblia destaca la sabiduría de Dios por medio de preguntar: "¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas con la humildad que resulta de la sabiduría." Y aclara que si uno siente la pasión de la envidia y las rivalidades de corazón, es un presumido que falta a la verdad. Porque así no se manifiesta la sabiduría de Dios, sino del Diablo. Porque donde hay envidia y rivalidad, celos y contención, hay desorden, confusión y toda clase de injusticias y maldades.

¿Y cómo ha llegado a estar el mundo al cabo de miles de años de seguir la política del hombre y menospreciar la de Dios? ¿Acaso no sigue quejándose la gente por la injusticia y la maldad que experimenta a diario en todas partes? El Diablo ha tenido mucho éxito en torcer la definición del amor verdadero, reemplazándolo con odio en todas sus formas. Prácticamente no hay cabida para más imaginación a la hora de cometer atrocidades. Y la mayoría se ha tragado el anzuelo y ha escupido maldiciones contra Dios, como si Dios hubiera sido el causante de tanta confusión.

Como vimos en otro lugar, Dios no fomenta ni lleva a cabo cosas malas. Entonces, ¿quién lo hace? Solo una respuesta cuadra con esa pregunta como si fuera la pieza  que faltaba en el rompecabezas. La Biblia puso las cosas en su lugar al predecir que habría falsos cristianos, que procederían engañosamente, haciéndose pasar por seguidores de Cristo, y que su táctica no debía sorprendernos, ya que el mismo Satanás se disfrazó como un ángel de luz desde el comienzo de la humanidad. (Génesis 3:1, 13) Por eso, no es de extrañar que ellos también se disfracen de instrumentos de justicia y que sus obras tengan un final terrible. La Palabra de Dios ha sido muy  clara al advertirnos que se trata de estafadores disfrazados de cristianos. Solo tenemos que esperar un poco más para que veamos adónde los han llevado sus acciones. Dios les dará su merecido. (Malaquías 3:18; 2 Corintios 11:14-15)

Por eso Jesucristo nos eneseñó a pedir: "Santificado sea tu nombre". (Mateo 6:9-10) Porque la humanidad había amontonado una gran cantidad de desinformación acerca de Dios, y su santo nombre había sido deshonrado. 

Cuando Jesús entendió que había llegado la hora de dejarse arrestar, enjuiciar y ejecutar por sus enemigos, lo que más le interesaba y angustiaba no era su libertad, sino que el nombre [o reputación] de su Padre fuera santificado (Juan 12:23-28)

Jesús murió por santificar el nombre de su Padre, y los cristianos verdaderos sufren por cumplir sus mandamientos. No se guían por enseñanzas humanas, ni tienen una visión sombría del futuro, como el resto de la humanidad. Jesús les dijo claramente: "Adondequiera que vayan, digan que 'el reino de los cielos está próximo.'" (Mateo 10:7) 

Añadió que todos, absolutamente todos los cristianos, debían llevar dicho mensaje a todas partes: "Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes hasta el fin del mundo." (Mateo 28:19-20)

El odio tiene su lugar

Pero así como el mundo tiene un concepto deforme del amor, también lo tiene del odio. Por eso, cuando reflexionamos en el amor, no podemos menos que hacerlo también en el odio.

No hablamos del odio en un sentido negativo, sino positivo. Porque el odio también tiene su lugar en el corazón de los cristianos. Hay un odio negativo y un odio positivo. ¿Cómo es eso? Así como uno aprende a amar lo que es bueno, también debe aprender a odiar lo que es malo. Si uno aprende a amar lo que es bueno, pero no cultiva odio por lo que es malo, se convierte en una presa fácil de sus propias imperfecciones. Es importante aprender a odiar lo malo con la misma intensidad con la que uno aprende a amar lo que es bueno. (Salmos 97;10)

El amor de Dios

Amar a Dios implica por tanto amar sus mandamientos y cumplirlos. ¿Y dónde dice Dios que debemos cultivar odio por lo malo?

Después de salir de Egipto, a Moisés se le hizo muy difícil tomar decisiones judiciales para el numeroso pueblo de Israel. Entonces, recibió el siguiente consejo: "Tienes que instruirlos en las leyes y en enseñanzas de Dios y explicarles el tipo de conducta que deben seguir, así como todas sus responsabilidades. Elige entre el pueblo a hombres capaces y respetuosos de Dios, que amen la verdad y odien la ganancia mal habida, y nómbralos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez personas. Y ellos serán los que obren como jueces, atendiendo casos sencillos. Los casos difíciles te los traerán a ti. Eso aliviará tu carga, porque te ayudarán a llevarla". (Éxo 18:20-22) Como vemos, un requisito para ser guía de los demás era que "odien la ganancia mal habida". A eso llamamos odio positivo o constructivo. En otro lugar dice: "Yavé ama a quienes odian lo malo; y resguarda a sus fieles, librándolos de las manos de los malvados". (Salmos 97:10) Y en otro: "Hagan el bien y no el mal, y vivirán. Así estará con ustedes el Dios Todopoderoso. ¡Odien el mal y amen el bien! Hagan que triunfe la justicia en los tribunales". (Amós 5:14-15)

No cabe malinterpretación alguna. No se refiere a odiar en sentido negativo, tal como Caín odió a Abel, sino en sentido positivo, tal como Jesús odió la ganancia injusta de pecadores que habían convertido el templo en una casa de mercancías. Juan 2:13-17 dice: "Cuando se aproximaba la Pascua de los judíos, subió Jesús a Jerusalén. Y vio que unos vendían bueyes, ovejas y palomas en el templo, y otros estaban instalados en sus mesas cambiando dinero. Entonces, hizo un látigo y los echó del templo, a todos, con sus ovejas y sus bueyes, y regó por el suelo las monedas de los cambistas, derribando sus mesas. Y a los que vendían palomas les dijo: '¡Saquen estas cosas de aquí! ¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?' Y sus discípulos recordaron el pasaje de la Escritura: 'El celo por tu casa me consumirá'". Lógicamente, usó el lático con los animales, no con los cambistas.

De modo que el odio por las cosas malas es un odio justo, positivo, constructivo, porque refleja el amor que la persona siente por las cosas buenas. Pero no significa que uno deba odiar a las personas o manifestar sentimientos de odio negativo. El odio por la maldad es exactamente lo mismo que el amor por la bondad. La persona que ama la bondad no es cruel, ni abriga sentimientos de maldad. El odio por la maldad es solo una manera enfática de amar la bondad, y una persona dondadosa no se comporta de manera cruel.

Como vemos, hay facetas del amor que la humanidad desconoce, por lo cual lo malinterpreta, ocasionando más daño que bien en sus relaciones. La expresión "hacer el amor" se ha degradado tanto que se ha perdido casi por completo el verdadero sentido del amor, un sentimiento profundo por los mandamientos de Dios.

Amar a Dios significa obedecer su voluntad, y obedecer su voluntad resulta en ventaja, beneficios, gracia, provecho, rentabilidad, ganancia, privilegios y muchas bendiciones. Por eso, amar a Dios nos hace felices. Porque hacer su voluntad propende a la felicidad. Es así como entendemos el verdadero amor. Es imposible ser felices si no amamos a Dios, es decir, si no hacemos lo que él nos manda. Pasar por alto sus disposiciones es lo mismo que desafiarlo y ponernos en desventaja.

Es como si cada pasaje de la Escritura terminara con la frase: "... y ahórrate dificultades". Veamos algunos ejemplos.

"El que sale fiador por un extraño saldrá perdiendo; y negarse a dar fianzas significa vivir en paz." (Proverbios 11:15) El consejo es claro. Si uno avala a un extraño, o si anda fiándole a todo el mundo, se llenará de problemas y no vivirá en paz. En cambio, si uno conoce bien a la persona, es decir, sabe que siempre cumple sus tratos, puede confiar en que no lo defraudará. Pero aún así, la Biblia sugiere que uno evite envolverse en préstamos de dinero o andar metiéndose en líos ajenos. (1 Pedro 4:15) Si uno sigue el consejo de Dios, se ahorrará dificultades y se beneficiará a sí mismo.

"El espíritu del hombre es la lámpara de Yavé, que sondea hasta el fondo de sus entrañas." (Proverbios 20:27) ¿Cómo puede ser que el espíritu de un hombre sea la lámpara de Dios, si la Biblia dice que 'la lámpara del hombre' es la palabra de Dios'? (Salmos 119:165) Es porque en Proverbios 20:27 'el espíritu del hombre' se refiere al espíritu o motivación del hombre, la cual siempre se manifiesta en las cosas que dice y hace. En otras palabras, se refiere a las cosas sobre las cuales un hombre suele conversar.

¿Y en qué sentido lo que un hombre dice representa 'la lámpara de Yavé'? Algo que dijo Job nos ayudará a discernir: "¿Acaso no comprueba el oído las palabras tal como la lengua prueba la comida?" (Job 12:11) Aquí Job está diciendo que tal como uno saborea o prueba sus alimentos, puede verificar o comprobar los argumentos de otra persona por medio de sopesar su conversación. En otras palabras, nos está diciendo que antes confiar en su palabra, uno debe evaluar bien todo lo que dice. Así uno evalúa a las personas y llega a conocerlas a fondo por las cosas acerca de las cuales suele hablar. Su palabra actúa como un endoscopio, es decir, como una lámpara que examina su interior.

De esa manera, esos pasajes de la Biblia nos están enseñando que uno no debe depositar toda su confianza en alguien a quien no conoce bien, y que una manera de hacerlo es observando cuidadosamente, como con una lámpara, de qué suele hablar. Aplicando el consejo de Dios, es decir, obedeciendo lo que nos dice, nos ahorraremos dificultades y nos beneficiaremos a nosotros mismos. Es como si un padre le dijera a su hijo: "Procura conocer bien a la otra persona antes de confiar en ella... Te ahorrarás problemas".

Como el amor a Dios significa obedecer sus mandamientos, obedecer sus mandamientos resulta en nuestro beneficio y nos ahorra dificultades. Al ahorrarnos dificultades y experimentar los beneficios, somos felices. Por eso, el amor a Dios nos hace felices.

La explicación parece un poco complicada, pero no lo sería si estudiáramos a conciencia la Palabra de Dios, la entendiéramos y la pusiéramos en práctica sabiamente. Muchas personas se han metido en verdaderos problemas por haber malentendido el significado del amor. Se han abierto de par en par ante extraños que se han aprovechado de ellas, estafándolas, y han tomado muchas otras decisiones imprudentes.

Así vemos facetas del amor que no hubiéramos visto con una interpretación basada simplemente en una expresión romántica de atracción sexual. El amor de Dios significa obedecer sus mandamientos. Obedecer sus mandamientos nos hace felices, iluminando nuestras decisiones y ahorrándonos dificultades.

Con esto no hemos querido decir que el amor romántico no exista, o que sea incorrecto amar a las personas mediante la atracción sexual. Pero hemos aclarado que el amor de Dios va más allá de una interpretación simplista que, por lo común, ha metido a muchos en problemas.

Jesús citó del Antiguo Testamento, de Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18, diciendo: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente [...] y a tu prójimo como a ti mismo". (Mateo 22:37-39) No se refería a un amor romántico, sino al amor de Dios, el sentimiento que impulsa a uno a obedecer sus mandamientos reconociendo que Dios sabe más que uno y que solo quiere su bienestar.

Jesús nos rescata de la desesperanza y la muerte. Dio su vida por nosotros, y quiere que veamos a su Padre desde una verdadera perspectiva: Como alguien que nos ama tan profundamente que daríamos la vida por santificar su hermoso nombre. (Mateo 6:9-10)

¿Cuál es tu misión en la vida?

A juzgar por todo lo que pasa en el mundo, el futuro se nos ha venido encima muy rápido. El adelanto tecnológico no solo nos ha puesto cara a cara los unos con los otros mediante Internet, sino con una realidad mucho más cruda de lo que pensábamos.

Algunos creen que su misión en la vida es salvar al mundo. Descubren las soluciones probables, pero no tienen la menor idea de cómo hacer para convencer a los demás de que se unan a su causa y sacrifiquen sus vidas, es decir, sus metas, placeres e ilusiones, a cambio del bienestar colectivo. ¡Ni soñar!

Otros creen que su misión consiste en arrasar con todos y con todo, sacando el máximo provecho al dinero, a las oportunidades y a las más recónditas vetas del placer. Se alimentan a sí mismos con razonamientos totalmente carentes de sustento, engañándose a sí mismos... hasta que los años les pasan la factura en los términos más exigentes posibles.

Y aún otros prefieren lanzar sus coronas hacia el trono del Cordero, por decirlo así, reconociendo la superioridad de la sabiduría de Dios, poniendo a un lado sus propios deseos e ideas, a fin de someterse y trabajar hombro a hombro por el único proyecto que tendrá éxito universal: El Reino de Dios.

Si tu misión en la vida es descubrir cómo invertir de la mejor manera tus recursos, te invitamos a entrar en un mundo completamente diferente, donde el dinero y el egoísmo no tienen ningún valor, y donde el amor de Dios y el altruismo son lo único que motivará los cambios que tienen que hacerse.

El amor y la sabiduría de Dios

Abre las páginas de la Biblia y comienza a buscar el entendimiento de que habla el capítulo 2 del libro de Proverbios, donde tu Padre celestial te dice:

"Hijo mío, si haces tuyas mis palabras y valoras mis mandamientos; si inclinas tus oídos a la sabiduría y te entregas de corazón a las cosas inteligentes; si pides inteligencia y aprendes a distinguir una cosa de otra, notando la diferencia que hay entre ellas; si buscas sabiduría con el mismo afán con el que buscas el dinero, es decir, como rastreando un tesoro escondido, entonces comprenderás lo que realmente significa respetar al Señor y hallarás el conocimiento de Dios." (Proverbios 2:1-5)

Porque de los labios del Señor es de donde procede la verdadera sabiduría, el verdadero conocimiento y la verdadera ciencia. Él provee su ayuda solamente a quienes se esfuerzan por ser íntegros y mantener una conducta intachable. Protege el camino de quien respeta lo que le pertenece a todos, y vigila el camino de los que cumplen sus obligaciones y no defraudan la confianza que depositan en ellos.

Solo así comprenderás el verdadero significado de la justicia y el derecho, de la equidad y del buen camino. Solo así anidará la sabiduría en tu corazón y el conocimiento te endulzará la vida. La discreción te cuidará, y la inteligencia te protegerá. La sabiduría te librará de los malvados y de la inmundicia que sale borboteando de su boca, de los que se desvían del camino para andar por un desvío tenebroso, de quienes disfrutan de las cosas malas y festejan la corrupción, de los que andan por lugares torcidos y por rutas que terminan en fracaso.

La verdadera sabiduría te librará de la mujer que no te pertenece, de la extraña de palabra melosa que, poniendo a un lado su compromiso con Dios, abandona a su pareja de la juventud. Su casa conduce a la muerte; sus sendas llevan al reino de las sombras. El que se enreda con ella no regresa nunca al camino de la vida.

La sabiduría te guiará por el camino de los buenos y andarás por la senda de los justos. Porque los rectos son los que  habitarán la tierra y residirán en ella. Pero los malvados serán desarraigados como hierba mala y expulsados de la tierra.

La Biblia no enfatiza que Dios es grande, sino que Dios es amor. Porque su principal cualidad es el amor. De hecho, Él es la fuente del amor.  Y aunque también es justo, la Biblia no enfatiza su justicia, sino su misericordia. ¿Y qué es la misericordia? Es un sentimiento de compasión por el que está sufriendo, benevolencia al juzgar o tener que aplicar un castigo. Lógicamente, Dios no impide que le sobrevengan consecuencias lamentables a alguien que deliberadamente ha pasado por alto sus leyes. Por ejemplo, si alguien salta desde lo alto de un puente, Dios no interviene para impedir que caiga. Se cumplirá la ley de la gravedad. Si uno le quita la vida a otro, no impedirá que le caiga todo el peso de su conciencia y de la ley de los hombres. Y si uno aterroriza a otros, no impedirá que él mismo acabe siendo aterrorizado.

"Esto es el amor a Dios: Que obedezcamos sus mandamientos,
los cuales no son difíciles de cumplir.
"
(1 Juan 5:3)
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